Constanza Farías Banto Novicia Carmelita Teresa de San José, segundo año ¡Cuánto necesitamos de Dios en nuestros desalientos, en esos momentos de debilidad y fragilidad cuando somos fuertemente tentados por el mal espíritu! Tenemos que reconocer que nadie quiere experimentar el dolor, por eso buscamos distintas maneras para evitar el sufrimiento… ¡Quién lo diría! No queremos sufrir, pero justamente esas situaciones dolorosas son las que nos acerca a Dios; las que nos impulsan a reconocer nuestra fragilidad y elevar una sencilla plegaria que brota del corazón: “Jesús, ten compasión de mí que soy un pecador” (cf. Mc 10, 48; Mt 9, 27) A raíz de lo que estamos viviendo como humanidad el Señor nos hace caer en la cuenta que la única manera de seguir caminando tras sus pasos es asumiendo nuestra pequeñez y pobreza. No podemos negar lo que somos: frágiles, seres humanos hechos de barro. Por ese motivo, no podríamos tomar otro camino más que bajar, pero a nosotros nos gusta ir por el camino contrario, nos gusta subir, que nos reconozcan y nos valoren por nuestros dones y talentos. Sin embargo, Jesús nos ofrece otro camino: bajar hasta las profundidades de nuestra miseria. Subir sería desviarnos del camino que Jesús nos ha trazado, pues Él que siendo de condición divina se rebajó hasta una muerte de cruz (cf. Filipenses 2,6-11) nos sigue animando a descender hacia el abismo. Como dice Santa Teresa tenemos que determinarnos a seguir por ese camino: el de la cruz, porque no hay otro camino para configurarse con Jesús. Al principio es normal que exista temor, y es probable que cuando aparezca el dolor tendremos miedo de mirar nuestras heridas y abrazarlas, pero si nos determinamos a seguir al Señor, Él nos dará la gracia para seguir avanzando por ese camino; nos ayudará a tomar conciencia de nuestras heridas de la infancia para abrazarlas con amor, para que en nuestros desalientos podamos mirarlo a Él y reconocer que “en la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo” (Santa Teresa de Jesús). No olvidemos que en esos momentos de desalientos, cuando somos fuertemente tentados por el mal espíritu, el Señor nos abre su corazón para que descansemos en Él. Por eso tenemos que aprender a caminar confiando que Aquel que nos ha llamado seguirá rescatándonos del abismo en el que hemos caído. Así lo hizo con Teresa, mujer que reconociéndose ruin y pecadora llegó a la gloria de los altares. ¡Cuánto podríamos aprender de Teresa, mujer de grandes determinaciones, para hacer frente a la voz del mal que se disfraza del bien! No cabe duda alguna que ella nos diría que si ya hemos comenzado a caminar no podemos desanimarnos y volver atrás; no podemos consentir las voces del mal espíritu que quieren desviarnos del proyecto de vida que Dios ha pensado para nosotros, porque su objetivo es alejarnos de la amistad de Dios, y cuando perdemos a Dios lo perdemos todo. Por eso, la determinada determinación es la mejor herramienta para combatir al demonio, pues él teme a las almas decididas. ¿Te imaginas lo que pasaría con nosotros si nos quedamos en los lamentos y no aprendemos a tener una mirada trascendente del dolor? Estaríamos dando rienda suelta al mal espíritu. Es importante, entonces, que aprendamos a confiar en Jesús, pues Él nunca nos pedirá algo que esté fuera de nuestras posibilidades. El Señor nos sigue invitando que abracemos con amor nuestros desalientos y sufrimientos, porque estos son parte de nuestra naturaleza humana, y no podemos negarlos… y en ese sentido nuestro mejor ejemplo es Jesús, quien siendo Dios no evitó el sufrimiento y subió al Calvario besando y abrazando con amor su cruz. Teresa nos enseña que el seguimiento de Jesús es exigente, pero no imposible, que a pesar de que sigamos a Jesús en medio de nuestras determinaciones y vacilaciones, siempre será apasionante dar la vida por el Reino. Como Teresa dejemos que nuestro amor a Dios florezca y de frutos en nuestros corazones, para que ese amor se muestre a los demás por medio de nuestras obras. Acojamos la invitación de Teresa y tengamos “determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare…” (Camino 21,2).